...LA GUERRA ES LA ANTITESIS DE LA PAZ Y NOSOTRAS LUCHAMOS POR LA PAZ...

13 de diciembre de 2009

Las lágrimas de la guerra

Por Mario Alegre Barrios / malegre@elnuevodia.com
Mientras el jueves pasado el presidente Barack Obama recibía en la capital noruega el Premio Nobel de la Paz durante una ceremonia enmarcada por la pompa habitual, 3,000 millas al sureste una mujer paquistaní lloraba inconsolable la muerte de su hijo luego de un ataque del Talibán en Islamabad, distante de la retórica con la que el mandatario estadounidense intentaba explicar al mundo la paradoja de su galardón anclado a la teoría de la guerra "justa".
Nadie mejor que esa mujer -como las decenas de miles de seres inocentes con las vidas rotas por las guerras- sabe desde la entraña el significado lapidario de la frase con la que Obama reclamó lucidez plena a su audiencia: "No se equivoquen: el mal existe en el mundo".
El llamado de Obama -que por su obviedad podría parecer un insulto a la inteligencia promedio- tuvo sin embargo la virtud de iluminar desde el umbral el camino que habría de seguir su discurso, que se embarcó en una reflexión cuya piedra de toque fue precisamente el concepto de "guerra justa", a contrapunto con lo que entraña una paz igualmente "justa", con el prólogo de la admisión de dos realidades incuestionables: que sus logros son escasos y que es el líder de una nación involucrada en dos conflictos bélicos.
Quizás esa mujer escuchaba el discurso del Presidente en algún televisor, con los ojos enrojecidos de tanto llorar por el hijo que jamás volverá a ver. Quizás esa mujer sonrió un poco cuando el Presidente le reiteró lo que la vida misma le ha enseñado de la peor manera. Quizás esa mujer pase el resto de sus días intentando comprender cómo se gana una paz "justa" en un mundo donde cada cual pelea las guerras desde su propia noción de "justicia"
Si bien su apología de la idea de “guerra justa” fue para muchos la gran virtud del discurso de Obama del pasado jueves en Oslo, para otros se convirtió en un argumento que -aunque emotivo- reveló un descuido filosófico precisamente por la subjetividad -explicable, desde luego- con la que usualmente las dos partes en cualquier guerra reclaman ser “los buenos”, ser “los justos” y tener “la razón”.
Un brevísimo paréntesis -la experiencia es sabia- para aclarar que en modo alguno intento justificar lo que de injustificable y condenable tienen el Talibán y todas sus sanguinarias réplicas alrededor del mundo, sino sólo aproximarme a lo que creo es parte de la ecuación de una guerra que se vislumbra como un conflicto sin un final razonablemente cercano y en el que aún se derramará mucha sangre y muchas lágrimas, especialmente de inocentes.
La guerra en Afganistán -a diferencia de las guerras “tradicionales”, usualmente entre países y sus respectivos ejércitos, en campos de batalla y con estrategias de alguna manera definidos- es una pelea un tanto regida por el desorden que Estados Unidos y las fuerzas de la OTAN libran contra un enemigo cuyas mejores armas son su invisibilidad, su ubicuidad -con perdón de dios- y el fanatismo supremo con el que justifica cada una de las muertes que reclama para la gloria de Alá, con la inspiración terrenal de Osama bin Laden, el fugitivo más buscado y que tan hábilmente se esconde entre los pliegues topográficos que separan Pakistán del territorio afgano.
Justamente al inicio de esta semana -mientras Obama y su esposa Michelle hacían las maletas para el viaje a Oslo- Stanley McChrystal -comandante en jefe de las fuerzas de EE.UU. en Afganistán- y Karl Eikenberry -el embajador estadounidense en Kabul- testificaron en el Senado respecto a la decisión de Obama de enviar 30,000 tropas adicionales a ese país, con el compromiso presidencial de que los soldados comenzarían a regresar a casa en julio de 2011.
Durante su testimonio, McChrystal dijo que los próximos 18 meses serían “claves” en esa guerra y que era fundamental que Estados Unidos convenciera a los afganos de que “nosotros vamos a ganar”.
“Creo que seremos totalmente exitosos”, remató el general cuando se le preguntó acerca de las posibilidades reales de un triunfo contra el Talibán. Ese optimismo dio paso a su propia versión acerca del retiro de tropas en Afganistán, con una estrategia que toma el compromiso del Presidente simplemente como una “referencia” y no como un “factor fundamental”.
Sin prisa ni plazos

Con el arsenal nuclear paquistaní como estímulo supremo, a los barbudos miembros del Talibán poco debe preocuparles la estrategia de McChrystal y si -con su promesa de que los soldados regresarán en año y medio- Obama pueda estar comenzando a pavimentar la campaña para su reelección en el 2012.
En realidad, tras ocho años de una guerra contra Estados Unidos y 42 países -incluido Noruega, donde Obama recibió el Nobel- el Talibán y Al Qaeda parecen tener a su favor el factor del tiempo: ellos no tienen prisa, no se han impuesto plazos y sus guerreros seguramente pocas razones tienen para regresar a unos hogares que quizá ya no existan.
Así las cosas, la paciencia es sin duda otra de sus armas. Todo es cuestión de apuntar bien desde sus casi infinitas madrigueras. Ya lo dijo Obama el jueves: “Estamos en guerra y soy el responsable del despliegue de miles de jóvenes americanos para luchar en una tierra lejana”, aceptó. “Algunos matarán. Otros morirán”.
De acuerdo o no, ¿qué le vamos a hacer? Después de todo así son las guerras, las “justas” y las “injustas”.
Ojalá algún día así lo entienda esa madre paquistaní... y todas las madres que más temprano que tarde llorarán también por algún hijo que jamás volverán a ver. http://www.elnuevodia.com/laslagrimasdelaguerra-647847.html